“En defensa del sistema de partidos” por Jesús Ortega M,

01, septiembre, 2015 / Artículos / Nueva Izquierda

Se han escrito diversos tratados en varios países del mundo para intentar entender qué es el populismo y, desde luego, en ellos se encontrarán elementos para comprender mejor este fenómeno político. Pero, sin menospreciarlos, creo que la siguiente frase —tan celebrada entre muchos políticos mexicanos como ejemplo de astucia— da más luces para comprender lo que es el populismo.

¡Al pueblo lo que pida!

Y entonces, siguiendo al pie de la letra esta sentencia, los populistas se transfiguran, literalmente, para convertirse en los únicos y genuinos interpretadores de lo que el pueblo pide o quiere.

Los populistas se guían siempre por lo que consideran que es el “sentimiento común del pueblo” y éste, suponen, es el que sólo ellos interpretan y representan. Cierto que en ocasiones se ayudan de algo más mundano: las encuestas.

De tal manera que si lo que entienden como “sentimiento común del pueblo” se encuentra expresado en las encuestas y éstas dicen que la solución al problema de la delincuencia es la pena de muerte, entonces, en el centro de su proposición será incluida de inmediato la propuesta legislativa de instaurar la pena de muerte.

Si en las encuestas el “sentimiento común” les dice que los derechos humanos y las libertades individuales (como el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo o el derecho a tener determinada preferencia sexual) no son importantes, entonces los populistas lo repetirán hasta el cansancio, pues eso les generará simpatías y votos.

Si del llamado “sentimiento común” se desprende —como es obvio— que no hay que pagar impuestos o servicios, entonces los populistas dirán que ¡no hay que pagar impuestos ni servicios!, y ello lo convierten en una enorme y rica veta de votos para las elecciones.

Los populistas son parte de un partido sólo circunstancialmente, pero no necesariamente porque compartan su propuesta política-programática. Si por circunstancias inevitables de cumplimiento con una legalidad electoral se ven obligados a contar con uno, entonces ipso facto lo crean, siempre y cuando éste sea de su exclusiva propiedad. Hay casos en que no existe ni siquiera la necesidad de crear un partido, pues pueden alquilar alguno de los ya existentes.

Pero, como ahora sucede con las candidaturas independientes, ni siquiera existe ese requisito legal, entonces se pueden evitar el “enfadoso” proceso de ser parte de un partido y hasta pueden —la tentación les merodea— aspirar a la eliminación total del sistema de partidos. Esto ya lo hemos vivido en muchas experiencias en México y en el mundo. Para los populistas que realizan su actividad en el ámbito público y para los que se desenvuelven muy activamente en el ámbito privado, el sistema de partidos y la democracia son, aparte de algo perfectamente dispensable, una carga económica y un obstáculo para la gobernabilidad, y de los que hay que desprenderse lo más inmediatamente posible.

Los que así opinan, en realidad están jugando con fuego, porque el ascenso de los populismos, sean de derecha o de izquierda, generalmente ocasiona la instauración de gobiernos autoritarios, los que, invariablemente, tienden a debilitar la existencia del régimen plural de partidos; es decir, de la democracia política, y se orientan, casi siempre, a la instalación de concepciones absolutistas, totalitarias acerca del Estado y el gobierno. En estos regímenes desaparecen los partidos, las elecciones, los parlamentos, el sistema de equilibrio entre poderes, la República y todo ello es sustituido por un partido único y, por sobre él, un individuo concentrador de todo el poder del Estado. En México hemos vivido ya esa experiencia y ha sido infausta, trágica.

Por ello debiéramos entender, especialmente en la izquierda, que en una sociedad diversa como la que existe en el México del siglo XXI, no es verdad que exista ese llamado “sentimiento común”, pues en realidad la pluralidad del pueblo mexicano lo que genera es un “sentimiento de pluralidad” en el cual existen diversas culturas, diversas visiones morales y concepciones políticas, y junto a ello múltiples intereses que nunca podrán ser representados por un solo individuo ni por un solo partido. En sentido diferente, esa diversidad social sólo podrá ser representada por una pluralidad política, básicamente reflejada en un sistema democrático de partidos.

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