“Levantando altares al personalismo” Por Jesús Ortega M.

07, julio, 2015 / Artículos / Nueva Izquierda

Una premisa obligada: debo decir que yo mantengo una posición favorable a las candidaturas independientes en razón de dos convicciones principales: una de orden constitucional y otra de carácter político. La primera consiste en que, si la Constitución protege el derecho de tod@s los ciudadanos a votar y ser votados, ninguna ley secundaria podría condicionar el ejercicio de ese derecho a la obligación de ser postulados por un partido político. La segunda, es que las candidaturas independientes —al terminar con el monopolio de los partidos para postular candidatos— obligarán a éstos a salir del estado de confort y autocomplacencia en que ahora se encuentran.

Dicho esto, veamos ahora el error en el que incurren frecuentemente ciertos analistas “especializados” en los resultados electorales, cuando observan superficialmente uno de los árboles y a partir de ello sacan sus conclusiones definitivas sobre el conjunto del bosque. Sólo por poner un ejemplo, veamos precisamente el tema de las candidaturas independientes. Apenas se conocían por la tarde del domingo 7 de junio datos preliminares de algunas encuestas de salida en Monterrey y en Guadalajara, cuando algunos de los referidos especialistas ya sentenciaban —desde las mesas de análisis que se transmitían por la televisión— el principio del fin del sistema de partidos políticos en México.

Sin mesura, más de uno de esos analistas se atrevió a afirmar que con lo sucedido en Nuevo León se “inauguraba una nueva etapa de la vida del país, en donde los candidatos independientes —aparte de desplazar a los partidos políticos— serían, a partir de ahora, los protagonistas principales en los procesos electorales y en la política en general”.

Esta descabellada conclusión ha llevado a que algunos personajes de la política del país, y con un extenso trabajo partidario atrás, con enorme incongruencia, estén anunciando “su independencia” de los partidos, y otros, acusando ingenuidad, se preparan para anunciar su candidatura independiente a la Presidencia de la República.

¿Qué es lo que hay en el fondo de ese febril esfuerzo, del que participan tirios y troyanos para levantar el gran cadalso que descabece al sistema político de partidos en México?

¿Qué motiva a muchos políticos para defenestrar a la política, para disfrazarse de ciudadanos, para cambiar su acta de nacimiento como partidos y adoptar como nuevo nombre el de movimientos?

¿Cómo explicarnos que algunos dirigentes políticos llamen, en su propaganda electoral, a NO votar por los políticos?

¿Qué es lo que realmente prevalece en ese afán, del que participan poderosos medios de comunicación, por erigir grandes altares a la diosa de la individualidad?

Habrá motivaciones de diversa naturaleza, pero en algunos lo que persiste es, llanamente, un vulgar oportunismo… político.

Esto es de lamentarse, pero lo verdaderamente grave de su comportamiento se encuentra en su irredento rechazo a todo lo público, a lo común, a lo societario.

Decía Paul-Armand Challemel-Lacour, un político francés, en 1888: “Desde que los avances del descontento se traducen en un estado de progresiva y universal preocupación, asistimos a un espectáculo alarmante; hay quienes fomentan el malestar general ilusionados con explotarlo a sus anchas y en su beneficio particular” […] y a su vez, los antiguos cesaristas, los que quieren un régimen de fuerza, proclaman al unísono <>.

Ni constitucionalmente ni políticamente las candidaturas independientes agreden al sistema público de partidos políticos que, históricamente, es el que mayormente alienta la vida democrática. El problema surge, y de manera grave, cuando ciertos poderes con historia y tradición autócrata pretenden utilizar las candidaturas independientes —como podría suceder en Nuevo León— para explotarlos a sus anchas y en exclusivo beneficio de sus intereses, que no son los del país ni los de la ciudadanía.

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